ALDO G. ALDANA|| La esclavitud no es parte de nuestro pasado, sólo se ha diversificado, su existencia es evidente. Sin embargo, el aparato que sostiene estas nuevas formas de esclavitud, que hoy despersonaliza a muchos se ha camuflado a expensas del poder, pero hubo un tiempo en que era legal, los abusos también eran legales, de forma pública y justificada; y se sostenía incluso sobre las premisas morales que debían velar por la igualdad en la civilización occidental, por el “amor al prójimo” de la cristiandad.
En 1884, aparece una novela en Estados Unidos, cuya trama se ubicaba décadas antes, antes incluso de la Guerra Civil de este país, donde la esclavitud pasaría a ser un tema de política interna y parte del discurso que justificaban dicha guerra, esta novela sería Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. Primero fueron la literatura y la música, luego el cine, espacios donde la segregación, el racismo y la esclavitud como tal han sido visibilizados, denunciados y sus abusos expuestos, es por ello que para una persona de a pie, saber que la esclavitud era “algo malo”, es parte de lo que moralmente está bien pensar, pero ¿hasta qué punto somos conscientes de lo que significa ser esclavo? En este sentido, estos medios siguen haciendo un papel fundamental para que, lo que es sólo un discurso pase a ser un estado de conciencia perenne, una posición política y social definitiva.

Pasados ciento cuarenta años desde la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn, en 2024, el escritor estadounidense Percival Everett publica su novela James, en la cual da voz a Jim, uno de los personajes de la novela de Twain, un esclavo fugitivo que intenta alcanzar su libertad y dejar atrás su pasado, en la que intentará llevarnos a esta reflexión, a la respuesta de esta pregunta, a significar la esclavitud luego de casi siglo y medio después de su abolición, aunque la segregación racial y la discriminación siga siendo parte, velada a veces, en la sociedad actual.
En esta novela, Percival Everett de manera precisa, nos confronta con la realidad de un esclavo, que no es otra que la anulación del concepto de persona en él, y hablo del concepto persona no tanto del de libertad, porque realmente es lo que logra Percival a través de la voz de James, este nos lleva con su voz elocuente, usando su sentir y por supuesto el lenguaje, para que el lector entienda en carne propia, la angustia que suponía tener un dueño. James es un esclavo que se ha cultivado en secreto, que ha logrado aprender a leer y escribir en secreto, un secreto que a la vez es un peligro pero que, lo ha llevado a entender situaciones tan demoledoras como que “Lo que está bien no tié ná que ver con la ley. La ley dice que soy esclavo”.
El bien, el mal, la justicia, todos estos temas están de fondo en el camino que recorre James, persiguiendo no solo la libertad, sino el convencimiento certero de que la merece, para ello él contempla, en sus recuerdos, en sus vivencias, en sus visiones, y contrastando el amplio conocimiento que los libros le han dado, que es precisamente, en las pequeñas cosas, las que irán minando todo el sistema que los subyuga. Sabe que siguen siendo utopía, incluso los estados donde se supone no hay esclavitud, pero sabe que es cierto lo que uno de los personajes con los que se encuentra, llamado George el Viejo le dice, es verdad “todos los latigazos del mundo no podrán quitarnos la esperanza que nos darás”.
Esta es una historia que toca las finas premisas que sostienen en el lector la inercia, característica que obtienes gracias al sistema que te dice que todo está bien. Como a los esclavos a los que les decían que todo estaría bien después de la muerte, naturalmente si eran buenos, y ser buenos era cumplir la ley, y cumplir la ley era ser buen esclavo, y solo así se ganarían el cielo. Por tanto James, con solo un trozo de lápiz como arma que nunca dejó, y que simboliza en él el máximo poder con que contaba, no solo leer y escribir, sino pensar, y por ende, él era un ataque a todo lo bueno, y una pérdida del cielo que les prometían después de morir, otro personaje dirá “Yo nací en el infierno. Me vendieron antes de que mi madre me pudiera coger en brazos”, porque si asocias los conceptos de cielo e infierno, comparado con la vida que les ha tocado desde que tenían memoria, sin duda quemarse en llamas por la eternidad les parece lo mismo.
La Guerra Civil estadounidense nos ha llegado hasta hoy como esa lucha entre los estados del norte, abolicionistas y los estados del sur, esclavistas; James nos dice: “Pensé en la postura de los blancos del norte contra la esclavitud. ¿Hasta qué punto el deseo de determinar con aquella institución venía alimentado por la necesidad de aquietar y reprimir la culpa y el dolor de los blancos? ¿Acaso era un espectáculo insoportable? ¿Acaso ofendía a las sensibilidades cristianas vivir en una sociedad que admitiera aquella prácticas? Yo sabía que, fuera cual fuera la causa de su guerra, liberar a los esclavos era una premisa secundaria y sería un resultado secundario”.

Ante esta desesperanza James se reconforta tocando su lápiz, no persigue tesoros, aunque sí monedas, y sobre todo, un cuaderno que roba, porque necesita escribir. En James a Percival Everett se le puede señalar el hecho de tocar y volver sobre un tema del que ya se ha dicho mucho, pero no señores, no se ha dicho lo suficiente “¿Cómo pué una personas ser dueña de otra?” “Qué mundo tan extraño, qué existencia tan extraña, donde tu igual necesitaba pelearse por tu igualdad, donde tu igual necesitaba ostentar un estatus social que le permitiera presentar aquellos argumentos por ti mismo, donde las premisas de dichos argumentos las podían vetar aquellos iguales que no estaban de acuerdo”, “¿Has visto eso? Ni siquiera sientes las cosas como los seres humanos”, “En mi opinión, alguien que se negaba a tener esclavos pero no oponía a que los tuvieran otros seguía siendo un esclavista”, “El único sitio donde podemos estar nosotros es la esclavitud”, estoy seguro que más de una persona, al leer estas frases, se pude sentir identificado, por tanto, el mundo del que habla James, sigue existiendo de forma velada para unos, siendo toda la realidad para otros.
Deseando que todos tengamos como James, un lápiz al que aferrarnos, sin importar su tamaño, que sea nuestra esperanza en un mundo que nos grita cada vez de que no merecemos algo bueno, porque ser buenos implica sufrir. Y que en dicho lápiz encontremos la fuerza para luchar por nuestro nombre, como lo hizo James, que tuvo que ser primero Jim, en diminutivo, disminuido antes de ser James, antes de poder decir “Mi nombre se volvió mío”, “Escribía para extender mi pensamiento, escribía para ponerme al día de mi historia, preguntándome todo el tiempo si tal cosa era posible”. Y convertirse en un James entero y completo. James a secas.
