BRENDA GÓMEZ|| Las olas me parece que murmuran como voces dispersas, a veces creo que beben de sí mismas. Pienso que son autosuficientes e insaciables. El mar “siente la sed mientras bebe” dice un poema de Christina Rossetti. No somos ni de lejos indomables como él ni habiendo sido expulsados del cielo. Del mar también se aprende conciencia; en los años noventas, apenas siendo niña, crecí viendo en la televisión las balsas con gente queriendo llegar a otra orilla, aferrados al calor humano, aunque no siempre se está seguro de ello, ni de llegar, ni de encontrar refugio. Mi cielo y mi mar lo contemplan otros, es el mismo para todos, un extenso hilo de espuma que se esparce por la arena.
En Meursault, caso revisado de Kamel Daoud las playas de Orán desaparecieron bajo las huellas de los pasos y las construcciones de hormigón, con esta novela el periodista argelino incursionó en la literatura, y le valió el premio Goncourt en 2015 que, más que un premio, es un emblema en Francia. El libro es una respuesta confesional sentida y humana contrapuesta a la frialdad con la que Albert Camus escribió El extranjero, obra de la que Daoud ofrece una visión complementaria partiendo de la víctima que aparece en el libro de Camus como “El árabe”. Y es que, muchos lectores jamás nos hemos preguntado por el mundo que tenía ese ser humano, muchos se identifican con el estado existencialista de su protagonista. Pero lejos de eso, el propósito del autor es mostrar la actitud desértica en su conjunto, es decir, el de toda una sociedad, bajo el contexto colonialista y en plena Segunda Guerra Mundial.
“Todos han declarado su empatía hacia la soledad del asesino”, dice Daoud, quien con su novela nos muestra que realmente los muertos aquí son muchos: Moussa, Haroun y la madre de estos. Es casi una misión la del autor, otorgarle una voz, pero además de eso, lo hace con una cadencia que la vuelve solemne y logra convertirla en un alegato, haciendo del narrador una especie de mercader en un silencio de bastidores mientras una sala se vacía: “Hace mucho que el asesino murió y demasiado que mi hermano dejó de existir… salvo por mí”, porque los ojos de Moussa, según la descripción de su hermano, ven un cielo pulcro, cincelado por la claridad matinal: “nítida, precisa, trazada de aromas y horizontes”. Le quita lo poético al disparo de Meursault que describe Camus, ya no hay sombras, objetos borrosos o incongruentes, hay un hecho, ya no hay fantasmas, hay un hijo, un lugar, ya no se puede contemplar en silencio, el hombre ahora herido ya no es piedra ni árbol muerto, tiene un nombre, y el otro es: “un francés que no sabía qué hacer con ese día ni con el resto del mundo que llevaba a cuestas”.

Luego llega la parte confesional, la relación de Haroun, el hermano y su madre, que a la vez, te hace pensar en la de Meursault con la suya, hay que resaltar que el libro de Camus comienza con una frase impactante: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”, mientras que en la de Kamel Daoud dice: “Hoy, mamá sigue viva”. Unos contrastes que desintegran por completo al asesino, pero desde mi punto de vista, la ociosidad mortífera y el espíritu retorcido de éste se hacen más evidentes cuando el personaje principal de El extranjero, ni siquiera sabe la edad de su madre o las relaciones de ella con los demás en el asilo, en cambio, en el libro de Daoud, el hijo repara en la ausencia maternal, en una mujer anulada por la tragedia de Moussa, alguien que escondía con esmero un trozo de periódico doblado porque es donde salía la noticia de su muerte: “La gente del barrio le mostró a mi madre su foto en el periódico, pero para nosotros él era la encarnación de todos los colonos que se vuelven obesos después de robar tantas cosechas”.
Daoud es impresionante en los detalles, dota de conciencia a Haroun sobre su religión, la familia y la precariedad, pues no hay que olvidar que Argelia obtuvo su liberación de Francia hasta 1962, el libro describe esa atmósfera oscura de la ciudad que parece susurrar eternos presagios, una época donde los apellidos eran tan imprecisos y volátiles como las fechas de nacimientos de sus propios habitantes, donde daba temor atravesar los barrios franceses, pero también un período en el que: “Los árabes dábamos la impresión de estar esperando y no de errar sin rumbo como hoy”, pues este país, luego de los conflictos heredó las cuatro cosas elementales de los imperialistas, huesos, carreteras, palabras y muerte.
Siempre hay otros que hacen más profundas las perspectivas de su soledad, hemos visto tantas veces cómo se consumen los entusiasmos, las grandes economías siempre se han atribuido honestidad, pero jamás culpabilidad aunque desde hace siglos amplían su fortuna poniendo nombre a aquello que usurpan y quitándoselo a aquello que les molesta, somos testigos del desapego de su gente y de cómo han dejado que el discurso del odio ocupe todos los espacios. Han entregado dos únicas alternativas para su población, guerras y más guerras.
El pasado colonial de Francia y España, es aún notable, la gente que emigra desde sus antiguas colonias, ya sea por compartir idiomas y conocer algo de la cultura, entra en un programa de inserción que, no es otra cosa que algo para avalar que puedes limpiar su mierda de forma eficiente, que pasarás a ser un pequeño eslabón en esa interminable cadena de servicios, de los que probablemente tú nunca goces del todo. Compartes con sus hijos señalados como marginales, los que ya desde el hogar no pueden criar, y los arrojan hacia la corriente (su propio sistema) donde tú que eres desplazado, donde tú que sabes lo que es sentir turbulencias, eres consciente que no puedes dejarlos ahogarse. Le entregas parte de tu mundo y de tu tiempo, ahora ya no solo son sus padres y madres a las que tienes que cuidar, sino también a sus hijos, porque tú que no tienes opciones sabes que la única alternativa que tenemos es la de saber convivir. Es tocando otra superficie donde te das cuenta lo que basta para solventar los anhelos y la vida digna. En plena guerra ¿Cómo es posible perder la fe sobre el ser humano?
La gran obra de Camus no solo inspiró a Daoud, también influyó en Laurent Mauvignier o en Xavier Le Clerc, a este último para escribir Un hombre sin título, donde el autor hace un perfil de su padre y los complejos que tuvo para poder integrarse en una sociedad en la que solo era considerado como mano de obra barata, el reportaje Miseria de la Cabilia, le ayuda a emprender el viaje al pasado e intentar comprender así la actitud taciturna de éste en su hogar. Aunque Mauvignier va más allá y en su libro Lo que yo llamo olvido relata de forma descarnada cómo unos guardias de seguridad acaban con la vida de un hombre por robar una cerveza en un supermercado, mostrando así el grado de valor que tiene nuestra vida.
Nuestros momentos felices parecen no importar en medio de tantas condolencias, caminamos en tierra ajena mareados, pero sin considerarnos mártires, somos extranjeros en nuestra propia tierra porque intentan despojarnos de todo. Pienso en ese mar de Orán, en sus noches, en su gente que parece que solo decepcionando a su opresor demuestran su existencia, también en el sol que se detiene en la cabeza de los hombres y las mujeres, en los sentimientos que envejecen lentamente, en nuestro bloqueo ante el agua y el fracaso, en cómo impulsarnos para tomar la vida después de tantas muertes gratuitas, en cómo el entusiasmo se consume, en cómo a todos nos llaman Mohamed o panchitos de forma despectiva, pero también en Argel y en su entorno rodeado de desierto, en la aldea de Hadjout, en que algún día vendrán los tiempos que no serán marcados por epidemias y hambrunas.
Es una época incierta, pero yo no ignoro lo que pueda pasar mañana, la historia de Kamel Daoud me hace pensar que siguen habiendo maneras de dignificar a algunos personajes, a nosotros: “pequeño hatajo de pulgas perdidas en el lomo de un inmenso animal geológico que era la ciudad y sus mil callejuelas”, al final nuestro pelo que se pega muchas veces a nuestra frente y nos provoca un cosquilleo, nos hace echarnos una risa llena de luces de otra vida. El mar, por ahora, solo aplasta los pies de los grandes bloques del puerto.
