BRENDA GÓMEZǁ A Darío se le puede leer de muchas formas, por desgracia, debido a lo que representa y al ser nuestro único referente literario, impera el método académico, fuera del colegio o la universidad, no hay condiciones para crear un círculo de debate sobre su estilo periodístico, sus métodos de investigación, o su versión más crítica sobre el legado de autores alemanes, ingleses, y por supuesto franceses a los que estudió a profundidad. A todos ellos, Rubén los tradujo a nuestra lengua, aunque de forma mediocre para algunos.

En esta primera entrega de este perfil literario, he tomado como referencia detalles que consideré importantes en el libro Cuestiones Rubendarianas de Ernesto Mejía Sánchez. Aunque mediocre sea un mal calificativo a semejante esfuerzo, en opinión de Sánchez esto solo representa un valor añadido, ya que no se debe olvidar que este conocimiento lo obtuvo siendo apenas un joven trabajando como bibliotecario. Muchos contemporáneos de Darío, generaciones posteriores, e incluso hoy en día, muchos literatos que cuentan con la fortuna de largas estancias en residencias para escritores, o acceso a universidades extranjeras, no se les conoce una actividad similar a la de él; es cierto que Rubén tenía facilidad para expresarse en otros idiomas pero también fue uno, junto a Menéndez Pelayo y el propio Valle-Inclán, capaz de pronunciar el latín a la perfección, y debía a ello su gran habilidad versificadora.

No todo fue rimas dentro de la literatura de Darío, no he llegado a comprender esa connotación, muy usada hasta hoy en día para ningunear su obra. En 1929, Manolo Cuadra lo llamó en su “Oda a don Rubén Darío”: “papanatas” y “ratero”, antes, en 1925 José Coronel Urtecho publicaba también Oda a Rubén Darío, con versos tan irrespetuosos como los siguientes:

“Tu vestido de emperador, que cuelga

de la pared, bordado de palabras…

Tú que dijiste tantas veces <<Ecce Homo>> frente al espejo

y no sabías cuál de los dos era

el verdadero, si acaso era alguno”.

Tanto a Cuadra como a Urtecho, se les hizo más fácil forjarse una carrera a base de líneas tan mezquinas para fundar la “Vanguardia literaria nicaragüense”, y desaprovechar un puente de comunicación con los demás países centroamericanos y abandonar la difusión literaria empezada por Darío en revistas como “Esfinge” de Honduras, “La Unión” de El Salvador o “El correo de la tarde” de Guatemala. Todo por ir en contra de lo que representaba para ellos el modernismo: Elitismo y sociedad conservadora. Qué ironía. Seguro producto de la soberbia que da la buena cuna.

Tales afirmaciones sobre Darío podrían resultar verídicas, pero tenemos constancia principalmente sobre el arduo trabajo para promover los nuevos talentos de la región, publicadas en folletines. Tuvo oportunidad de criticar a la propia prensa conservadora, examinó hechos y defendió la unión centroamericana. Pero tanto en su leyenda como en su biografía “Nos hemos acostumbrado -o nos han acostumbrado- a ver a un Rubén Darío bohemio e improvisador, finisecular y meteco, hecho ya mármol por la ignorancia y el mal gusto”. Un acomodado político para algunos, hombre de muchas patrias sin ser de ninguna para otros. Pero hoy en día, como bien valoró Mejía Sánchez: “Darío lo mismo nos puede parecer poeta social o poeta esteticista”. Porque en su obra para todos hay.

¿Qué de malo hay en conservar la influencia de otros continentes? “Yo no tengo literatura mía para marcar a los demás” decía Darío, sin darse cuenta que, aunque se siguieran sus huellas, nadie perdería su tesoro personal. ¿Dónde está el ejemplo de Cernuda para decir que Rubén es una inadecuada autoridad literaria? Dónde deja constancia tanto Urtecho como Cuadra para decirnos que el arte sin las influencias no es arte. Qué sería de nosotros si nuestro poeta modernista en su libro de semblanzas “Los raros”, no mencionara autores como Ibsen, Poe, Fra Domenico Cavalaca, José Martí y Eugenio De Castro. ¿Qué hay de la vanguardia, además de su visible acuerpamiento hacia los gobiernos?

Como el propio Rubén reconoce en Tierras Solares, el mundo poético y mitológico alemán llega a su obra a través de la literatura francesa. Y en la América hispánica vino a través de él la Francia romántica. Pero no solo eso, porque apareció el interés por aquellos paisajes inmaculados, bucólicos y con ellos las ansias por saber más de Víctor Hugo y Musset. Si, el arte sin las influencias no es arte.

Así pues no está demás mencionar que hasta el propio Jorge Luis Borges rectificó y puntualizó que los versos de Lugones eran inferiores a los de Darío, cuando en su momento de mayor relevancia manifestó lo contrario, pero no se trata de quién es mejor que otro, sino de ¿para qué sirve desacreditar? O ¿cuál es el verdadero propósito de esto? Decía Francisco Ruiz de la Fuente que “el alma de Rubén era entusiasta, se sentía feliz amando su patria”, y vaya que fue el más digno representante. Veo en el libro de Mejía Sánchez las fotografías de las muestras precolombinas que Darío transportó en uno de sus viajes a Madrid para las fiestas del IV centenario del descubrimiento de América y pienso en todos aquellos que lo tachan de hipócrita, y lo señalan de forma sarcástica como un orgulloso de la herencia española, como si tal legado no perteneciera a los costumbristas del siglo XIX.

A lo largo del libro Cuestiones Rubendarianas es notable la exhausta búsqueda de su autor por las relaciones del poeta con editores y escritores, es un trabajo espléndido. Menciona las críticas literarias del gran Maurice Bowra, y otros trabajos similares sobre la obra de Darío como el de Juan Montalvo o influencias tan notables en sus escritos como la de Ricardo Palma. El nombre de las primeras traductoras de sus libros al inglés también aparecen. Hay poemas en su día inéditos como el que lleva por nombre “Flores”, y también libros tan importantes como “La mitología griega en Rubén Darío” de Alejandro Hurtado.

Sé hacía donde dirigir el rumbo de la segunda parte de este perfil sobre Rubén Darío, viene soplando el polvo de las hojas. Sabemos que la brisa ha dormido en las montañas. Una pequeña pista está en el azul; en las ardientes manos donde posan las cabezas pensativas. Mi admirado poeta, se agrupan celebrando por ti, o eso dicen. Para conservar tu legado, o eso dicen, y su ego hace que griten: “Darío volverá”. Como si para nosotros alguna vez te hubieras marchado.