OMAR ELVIRǁ Perrozompopo y otros cuentos latinoamericanos (Anamá, 2017), libro póstumo de Franz Gálich (1951-2007), utiliza como materia narrativa la realidad más lacerante de una sociedad atravesada por diferentes conflictos que se superponen en el tiempo y el espacio.
Veinticuatro textos que recorren mercados, cantinas, moteles, basureros, buses de transporte público, alumbrando espacios de opresión no por mal disimulados, menos presentes. Los personajes son sombras, siluetas esbozadas con los rasgos indispensables para la acción narrada; voces que se funden a menudo en interpretaciones corales, en la Managua de posguerra, la de los escombros, la capital, irredenta, terremoteada, bombardeada y saqueada, un personaje más, un cuerpo como el de las sombras: testimonio y registro de tragedias y conflictos empalmados, nunca superados.
Al inicio del libro hay tres epígrafes, el primero de Goethe en donde se afirma que lo infame es el poder, el siguiente es un juego de palabras de Miguel Ángel Asturias procedente de El Señor Presidente en que se hace referencia a alumbrar y a Luzbel. El último, el más extenso viene del epílogo a los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire en cuyas últimas líneas se lee:
…. yo te amo ¡oh ciudad infame! Meretrices y rufianes, tales son las diversiones que brindas y que no comprende el común de las gentes profanas.
Estos epígrafes nos dan las claves de la obra: el poder, por infame, es cuestionado, para ello se sirve el autor de un lenguaje que es juego, burla, resistencia y que se vuelve personaje también en la medida en que es vehículo para denotar esperanzas, frustraciones, sufrimientos, en la medida en que afronta lo indefinible, las tragedias de la marginación: Si estaremos hechos mierda. Aquí no viene nadie, ni vive nadie. Bueno, vivimos un montón, pero es lo mismo, como que no viviéramos porque todos los que aquí vivimos somos poco menos que un tuco de mierda… (Oscuro pozo).
Pero el lenguaje también sirve para reivindicar, para celebrar aquello que brinda la ciudad y que pocos comprenden, según Baudelaire. Hay en el libro, un aire de burla que es también desacralización, fiesta, bacanal:
… seguimos bajando y subiendo, sudamos y temblamos, todos vamos al ritmo de la música, la música que los hace olvidar y no pensar en otra cosa, que en la urgencia de vivir, porque dentro de diez días ya habrá pasado la tormenta, el torbellino, el delirio, la locura, la pasión, el huracán, la tempestad, el terremoto, el tifón tornado, chubasco, zangoloteo, temblor, tambor, tumbo, retumbo, ¡dundo!, ¡tu madre!, ¡echémonos otro!, ¡clase chunche!, ¡amor!, chancho!, ¡salvaje!, una media, dos medias, minifalda: !Papachín, papachí, chín-chín!
La cita proviene de Promesantes, texto en el que aparentemente es Santo Domingo, patrón de Managua, quien relata la procesión en su honor y su voz se vuelve la de los promesantes, que entre danzas y guaro dan forma al carnaval.
Este recurso de varios personajes que van ocupando la voz narrativa sin mayor delimitación hasta volverse algo casi coral, es, con frecuencia, parte del juego narrativo. Lo encontramos en Dimas y Gestas: la oración de dos delincuentes de distinto estrato social en su hora final, las voces se alternan sin mayor delimitación que los puntos suspensivos; también en Blu demon, el demonio azul, la tercera persona inicial que narra las jornadas de un chofer de ruta de transporte público, Blu demon y de un niño llevado a la escuela por su mamá, da paso a una polifonía que pretende retratar el transcurrir en la ruta: ¿Cuánto nos quedan chavalo? ¡Cinco! ¡Métalo! ¡Va de viaje! Bocinazo. Frenazo, ¡Tu madre! El ganado – digo, la gente, toda para adelante, ¡Córrase para el medio! ¡Avancen para atrás! ¡En medio está vacío! ¡Atrás la salida! Son las 7 y 33 minutos. Ciento cincuenta personas dentro del bus ¡En medio está vacío! ¡Ve que desgraciado, restregándome el chispero! ¡Cuidado los tamales! ¡Este como que no se bañó y se echó todo el frasco de Siete Machos! ¡Clase patada, mi hermano todavía estás entero!
Galich nos habla de acontecimientos y experiencias que, situados en entornos violentos y marginados, son universales puesto que tocan la naturaleza humana. Así, Viejita en flor, tal vez el texto de mayor intensidad en la colección, presenta en principio el monólogo de una anciana, no sabemos si viva o muerta, que recuerda a sus hijos, muertos ambos, uno siendo guardia durante la insurrección, el otro por ladrón en Estados Unidos, luego leemos las reflexiones de una mujer que es a la vez hija y madre, sin necesidad de mayores explicaciones emerge una sensación de abandono e impotencia volviendo además el texto circular.
En Oscuro Pozo los personajes parecen ser una mujer enajenada, habitante de los antiguos escombros de Managua y la muerte, quien negándose a llevárla, la hace testigo de catástrofes y guerras; hay siempre una atmosfera de irrealidad que sirve de ventana para asomarse a la cotidianidad de la miseria.
Sin descanso es la historia de una mujer violada desde niña, sometida a esclavitud sexual: Ahora ya soy grande, pero me quedé flaquita, sequita, pero tengo chichitas que dieron algo de leche para el chavalito que tuve, del maje ese que me chunchó por primera vez en la vida, digo primera porque después me han llevado en el saco un montón, por guaro, comida, pega o reales, no importa, lo importante es resolver…
Resolver es sobrevivir, salvarse aun pasando por encima del más débil o incauto, lo vemos en dos relatos con tintes policiales: Chureca Super Market: asesinatos y venganzas en el vertedero de Managua para aprovechar un negocio ideado en las altas esferas y Miradas, pasión y venganza en un mercado, ejemplo de dominio técnico.
La desgracia siempre volcándose sobre los más débiles puede dar lugar a relatos que coquetean con lo fantástico como en La vieja, la niña y el perrito y Todos me quedan viendo.
El autor reinventa la mitología religiosa desde una perspectiva caricaturesca no exenta de denuncia en El segundo advenimiento, y en La pietá; se entrega a la desmesura festiva en La Turquita y la Comecuanduay y presenta a una familia inmersa en la lógica de la rentabilidad a cualquier costo en Los “Nacatamal de a peso”. Todos ellos atravesados, como casi la totalidad de los cuentos, por esas ansias de sobrevivir, pero también de obtener –como en el texto que da título al libro- el mayor placer que la miseria pueda permitir.
Lectura amena, hilarante a ratos, llegando a momentos de extremado lirismo; el libro sin embargo no está exento de redundancias, pasajes de construcción monótona y hasta cansina, ¿impericia o el ineludible riesgo asumido por el autor al enfrentarse con la oralidad del discurso escogido?
Entrar en Perrozompopo y otros cuentos latinoamericanos es como un trago de guarón al strike, una sensación quemante pero placentera que nos recuerda nuestro lugar en esta sociedad: Allá abajo, el lago, aquí arriba, la noche y nosotras las putas, y ellos, los putos, los cochones, los trasvestis, y los policías y los guardias, las estrellas y las palmeras, la necesidad y el ñatazo, o el turcazo de guaro, o el churro y la puya, o ya por último, la pega… Afuera, abajo, las palmeras y las luces sobre el lago y el calor, ese maldito calor, y aquí adentro, bien dentro, el frío… (Aquí arriba, la noche).
