GABRIELA GONZÁLEZǁ Charlotte Perkins Gilman fue una escritora, ensayista y socióloga norteamericana con una trayectoria tan polifacética, plena e intensa, que hablar de su vida y obra, y hacerle justicia, es un trabajo largo y arduo; activista social, conferenciante y oradora, intelectual y sufragista, liderando esta primera ola de mujeres que exigían el voto entre 1890 y 1920, lo que la coloca en la historia del feminismo; pionera en la defensa de la independencia económica e intelectual. Toda su vida fue de compromiso total para lograr un cambio y mejoría en los derechos y libertades de las mujeres.
Su propia vida estuvo marcada por la escasez, nace en Connecticut en la localidad de Hartford el 3 de julio de 1860, su padre abandona a la familia siendo Charlotte una bebé, desde entonces las penurias fueron permanentes, con una vida casi nómada su madre vagaba buscando alquileres baratos y trabajos, estas duras circunstancias hacen que ella desde muy joven sepa que la vida, y en especial la de las mujeres, está condicionada por nuestra situación económica, no pudo ir a la universidad, que era su sueño, en lugar de eso estudió artes en la Escuela de Diseño de Rhode Island, lo que le sirvió para ganarse la vida como profesora particular de pintura y diseñar tarjetas de felicitación. Fue una lectora disciplinada, de ahí surgen todas sus inquietudes humanistas, semejante panorama la hace reflexionar sobre los papeles de la mujer y el hombre en la sociedad, no se conformó con prepararse, tenía que transmitir sus conocimientos y aportar soluciones para mejorar la existencia de las mujeres, así nace la Charlotte oradora, activista y conferenciante
La Charlotte escritora nace precisamente de la necesidad de comunicar y compartir sus teorías y experiencias personales, empieza con relatos cortos, editando una pequeña revista que al poco tiempo dejó pues nunca tuvo el público a su favor, se había divorciado, había dejado por un tiempo a su hija al cuidado de su padre y su nueva esposa, pero estas críticas solo la alentaban a pensar y escribir más al respecto, pero ahí donde las personas veían un divorcio horrible (como el de Carol en El precio de la sal de Patricia Highsmith), era en realidad una crianza compartida, los hijos deben ser responsabilidad tanto del padre como de la madre. De este período surge la que es considerada su gran obra, el ensayo Mujeres y economía, en donde aboga por la profesionalización del trabajo doméstico y de la crianza de los hijos para que las mujeres pudieran salir del hogar y acabar con la dependencia económica que no les permitía su desarrollo profesional y personal.
Se vuelve a casar y junto a su marido funda su propia editorial Gilman Publishing Company, su publicación estrella era la revista Forerunner (La precursora), que contenía sus relatos, artículos, poesía, crítica literaria, sociedad y noticias, poniendo en práctica lo que ella misma llamaba la literatura de la Nueva Mujer, que se caracterizaba por el servicio al feminismo, la protección a la infancia, acabar poco a poco con los estereotipos de género y criticar abiertamente el patriarcado de la época; de esta revista, publicada por capítulos salió su novela más conocida Herland, llamado en español El país de las mujeres, Matriarcadia o Dellas: un mundo femenino. Y precisamente quiero centrarme en esta novela y en su relato más famoso The yellow wallpaper, traducido como El tapiz amarillo o El empapelado amarillo, dependiendo de las editoriales y del país.

Si hacés una búsqueda rápida por internet, de las primeras cosas que lees es que también fue pionera en la ciencia ficción, ya que con El país de las mujeres creó la primer utopía feminista y cuando se habla de El tapiz amarillo, siempre se menciona el relato como un clásico y un ejemplo del cuento gótico o de terror doméstico, no hay género del que Charlotte no se valiese para expresar todo lo que quiso, de ahí que su obra sea libre de encasillamientos y no esté adscrita a ninguna categoría específica.
En El tapiz amarillo una mujer sin nombre es obligada a mantener reposo, encerrada en una horrible habitación cuyas paredes están empapeladas con un no menos horroroso papel amarillo. Cuento claustrofóbico de abuso psicológico, no hay entes, espíritus o asesinos, solo una mujer y la degradación de su mente; sin más estímulo que los muebles de la habitación y empieza a obsesionarse con el papel de las paredes. «Este tapiz tiene un rasgo muy marcado, algo que sólo yo parezco advertir: es decir, muda de color cuando cambia la luz. Por eso lo vigilo siempre…», «… y entonces aparece plenamente la mujer que hay detrás «.
El relato es un ejemplo del encierro tanto físico como mental al que eran sometidas las mujeres por parte de sus familiares y médicos. Nacido de su propia experiencia con la depresión, estando enferma buscó ayuda en el entonces famoso neurólogo, Dr. Silas Weir Mitchell, que aseguraba que la histeria era el origen de todos los males mentales femeninos y nuestros órganos reproductivos fuentes de desequilibrio mental, sus terapias consistían en la reclusión forzosa, electroestimulación en las zonas genitales, inmovilidad, dieta hipercalórica; básicamente engorde, estar en la cama, vigilada por una enfermera, sin permiso para levantarse, leer, escribir, coser, pintar, ninguna actividad intelectual, solo aislamiento. Obviamente todo esto tiene tintes misóginos, solo se trataba de someterlas, inmovilizarlas, infantilizarlas, un castigo que se convertía en un martirio, una cura que resultaba peor que la enfermedad; por el contrario, a los hombres les recomendaba «La cura del oeste», básicamente que fueran de vacaciones a California a disfrutar del buen clima.
«Obedecí las instrucciones durante tres meses, y estuve tan cerca de perder la cordura que con la poca que me quedaba decidí volver al trabajo y a la vida normal de un ser humano para recuperar mi energía. Durante mi recuperación escribí El tapiz amarillo y le envié una copia al médico que casi me volvió loca. Nunca lo reconoció… Sin embargo, muchos años después me comentaron que el gran especialista había confesado a sus amigos que había modificado su tratamiento de la neurastenia desde que había leído El tapiz amarillo». Sin dudas es un testimonio del maltrato a las mujeres con algún trastorno mental pero también prueba de cómo el trabajo artístico puede salvar y sanar.
De la maternidad se ha hablado mucho siempre pero no desde nuestras voces y vivencias, solo se ponían de manifiesto las buenas y santas madres o las malas malísimas, nunca se enfocan en el proceso de gestación y todo lo que conlleva un parto, solo importa el nacimiento de la criatura y se deja de lado el sufrimiento y los cambios en el cuerpo y mente de las mujeres, de ahí lo adelantado a su época que resulta este relato, una madre que es incapaz de cuidar a su hijo por la depresión postparto.
El país de las mujeres es un país remoto y desconocido sólo se sabe de su existencia por las leyendas que se cuentan, no se sabe si alguien ha podido llegar porque nadie ha vuelto para contarlo. Atraídos por este riesgo y por afán de descubrimiento tres jóvenes exploradores emprenden esta aventura; pero no solo les mueve la ciencia sino también la fantasía sexual de un lugar lleno de deseosas y atractivas mujeres, y ser ellos los que las sometan e instruyan por primera vez.
En esta novela Charlotte nos transmite la idea de que ese paraíso al que supuestamente iremos después de morir, podemos conseguirlo con un cambio de mentalidad en la sociedad, talvez pecó un poco de optimista, pero también es una respuesta a la literatura masculina, que suele centrarse en la guerra, la aventura, el crimen y el castigo. En este país utópico, que no es nada de lo que los exploradores esperaban encontrar, las mujeres gobiernan de manera equilibrada y democrática con énfasis en la crianza, educación y cuidado de las niñas, que son el grupo más importante en esta sociedad.
Esperaban encontrarse con envidias, divisiones y esos tontos rencores «tan propios del carácter femenino», «¡Es imposible! – insistía -. ¡Las mujeres no pueden cooperar: es contra natura!»; pero ante la ausencia de los hombres ha resultado una sociedad en la que no hay competitividad, ni agresividad, ni nacionalismo exacerbado. El amor es entendido como solidaridad mutua, camaradería y maternidad, no están acostumbradas a relaciones sexualizadas y el sexo no es determinante ni define sus vidas, aquellos «encantos femeninos» que gustan a los hombres, no son femeninos en absoluto, sino su masculinidad reflejada, ellas no desarrollaban esos rasgos porque no tenían que agradar a nadie y ni siquiera son necesarios para la vida. Estas mujeres lejos de sentirse amenazadas por los hombres, les enseñan su lenguaje y aprenden el de ellos para poder comunicarse y enseñarles el país y a la vez aprender del mundo exterior que ellas desconocen, porque no se trata de crear y buscar odiosas comparaciones sino de aprender, siempre aprender para mejorar.

Charlotte vivió plenamente y hasta el último momento de su vida tomó sus propias decisiones, aquejada de un cáncer de mama puso fin a su dolor con una sobredosis de cloroformo el 17 de agosto de 1935. Dejando un legado de lucha e ideas que ayudasen a que las demás mujeres y las siguientes generaciones no fuésemos marginadas por seguir y vivir según nuestros deseos y conciencia. En toda su obra encontrás ese llamado a actuar siempre con coraje y valentía, leer a Charlotte, fue como ponerle nombre a todas esas inquietudes que siento y pienso, descubrir algo tan moderno y valiente que fue escrito hace más de cien años. Charlotte Perkins Gilman, mujer tenías que ser.
