OMAR ELVIRǁ ¿Qué pasa cuando nuestro referente local cambia?, ¿cuándo el cúmulo de memorias y afectos que somos es sometido a tensión y demuestra toda su ductilidad? ¿Qué significa ser de un lugar determinado? Estas interrogantes atraviesan los textos de Una ciudad de estatuas y perros (Daskapital, 2014) de María del Carmen Pérez Cuadra (Jinotepe, 1971).
El libro consta de dieciocho cuentos divididos en tres partes numeradas del I al III, en las que el tránsito, el viaje, la sucesión de etapas en un continuo devenir son una constante. En la primera parte, cuatro de los seis cuentos que la componen transcurren en Santiago de Chile —lugar de residencia de la autora— sus calles, su transporte público, su trajín. Tenemos siempre además de la sensación de prisa; el extrañamiento, la incomodidad de existir en un entorno ajeno.
Seguramente mi pobre ciudad me extraña con su apacible canto nocturno, mientras esta nueva, postiza, extraña, me deja habitarla sin ninguna consideración. (Una ciudad de estatuas y perros. P. 34).
Me da náuseas esta ciudad, me da náuseas la gente, me produce náuseas ver tantos perros cagando la ciudad: es deprimente, todo es deprimente. (Una ciudad de estatuas y perros. P.36).
Ambos pasajes del cuento que le da título a la colección son explícitos en cuanto al malestar que provoca la ciudad, también al malestar mayor: la no pertenencia, el reconocerse extraño en un entorno indiferente, cuando no hostil, otro tema recurrente a lo largo del libro.
Esa indiferencia que se vuelve hostilidad puede leerse en Frío austral, el relato que abre el libro, historia de una traición ¿o un sacrificio?, el narrador -de entrada sabemos que es el traidor- además de referir los hechos, nos cuenta su propia historia y sus sentimientos, siendo a la vez víctima y victimario y desnudando varias caras de la misma brutalidad.
Paseo Ahumada nos habla de la apremiante búsqueda del regalo de una mamá para su hijo que llega de visita a Santiago desde Managua, mientras recorre las calles y centros comerciales. Se trata de un relato denso en que la autora aborda la posición de migrante y mujer, desde diferentes puntos: una joven ciega y sin brazos, sobreviviente de un episodio de violencia en una comarca granadina, una redada de migrantes en San José, una anécdota en Pittsburgh que revela el racismo normalizado, el mismo recorrido de la narradora, viendo la realidad de la capital chilena desde los ojos de quien no pertenece a ella: Sí, es duro sentir que te comen con los ojos, como para demostrarte que sos ajena, que no entrás en su categoría, ni entrarás jamás. (Paseo Ahumada. P.64).
La segunda parte se centra menos en la experiencia chilena aunque encontramos el conmovedor Váyase pero regrese, la historia de una madre que busca a su hijo desaparecido durante el Golpe Militar en Chile.
La prisa, la premura de la primera parte del libro continua en Plástico; esta vez es el recorrido para entrar a Managua desde Carazo en transporte público con las diversas paradas antes de arribar al destino final, una vez más afloran interrogantes, reflexiones y sueños antes de ocupar el lugar que la sociedad nos tiene reservado.
Álbum familiar recrea la insurrección contra Somoza desde la óptica de la niñez, los peligros cotidianos que vivió la población durante los toques de queda, la zozobra constante y la lucha por sobrevivir.
La tercera parte aglutina cuentos de toque fantástico entre los que destacan Emelina, que puede leerse en clave de terror y Eva nunca duerme: las divagaciones de una figura de poder que, en lo que parece un futuro distópico, se propone acabar mediante un proceso médico con los recuerdos y la memoria de sus crímenes. Eva –su esposa plástica– es solo un nombre que aparece precisamente por su ausencia, el protagonista requiere el placer que le brinda y que por el momento le es negado.
Si bien el lenguaje en algunos textos pudo ser mejor trabajado y hay pasajes algo monótonos, en general, Una ciudad de estatuas y perros es un libro honesto que ofrece diferentes registros, permitiéndonos apreciar el oficio de la autora, quien logra construir un mosaico de visiones contrahegemónicas. Consigue, sin renunciar a la búsqueda estética, ese efecto feliz que tiene la literatura de cuestionar, identidades, lugares de enunciación, memoria, todo es, si no desmentido, al menos interpelado desde la perspectiva de los protagonistas: mujeres, niños, migrantes, mascotas, ¿máquinas?, figuras atravesadas por relaciones de poder establecidas desde espacios externos a sus procesos vitales.
Este cuestionamiento es al final, una consecuencia del resquebrajamiento de paradigmas supuestamente vigentes hasta hoy que han servido para naturalizar la opresión y que a su vez van siendo sustituidos por nuevos paradigmas opresores; Pérez Cuadra con su libro nos alerta al respecto, y nos deja pistas para que cada quien emprenda su propio reto problematizador.
