ALDO G. ALDANAǁ El lugar en que nacemos siempre estará ligado a nuestra vida. Aún si lográsemos salir de ese sitio, por necesidad de escapar, de huir sin ver atrás, de olvidar; siempre, hasta el último día, jamás lograremos enterrar por completo ese lugar donde nuestra razón se configuró gracias a los estímulos recibidos, emanados de las paredes de nuestra casa natal, de las calles, de los vecinos, de las primeras amistades.
En ocasiones, cuando la necesidad no es otra que el escapar, -que nunca se logra por completo- y nuestro cerebro construye estampas, las va coleccionando, estampas que informan y deforman nuestras vivencias, pero que mantienen a flote la verdad, lo que sentimos, nuestro dolor, nuestros anhelos y frustraciones, y el reclamo rotundo de lo que nos han robado. Con esa reflexión me dejó James Joyce, -escritor irlandés- y su colección de cuentos Dublineses (1914); quince relatos que, como lo indica su nombre, tienen por escenario Dublín, la capital de Irlanda, pero más que la ciudad en sí, son las relaciones humanas el gran tema de los relatos, las mismas que permiten una crítica del autor a esa ciudad donde nació, que, aunque no vivió en sus calles gran parte de su vida, nunca pareció salir por completo de ellas.
A través de estas historias Joyce hunde sin reparo su mirada escrutadora en la sociedad de Dublín. Se vale de un ardid sorprendente para dejar al lector atrapado entre la cantidad de pistas, símbolos e insinuaciones, provocando en él preguntas constantes, sin perder la oportunidad de dejar en evidencia la perversión, los prejuicios, el fanatismo, los privilegios reducidos a unos pocos en una ciudad y un país sumido en un conflicto con la potencia vecina y que potencia a su vez, la necesidad apremiante de los invadidos, de los dominados, no por entenderse, sino por replicar el mismo sistema de violencia que a través de la historia hacen que los pueblos dominados, constituyan su identidad misma.
Los personajes de estos cuentos no son héroes, en lo absoluto. Están atormentados en su mayoría. No son libres. Podrán despreciar todo lo que huela a Inglaterra, y se aferran a la religión católica como estandarte nacional, pero los vicios terminan determinando sus decisiones sin buscar el sentido de la justicia.
Los personajes infantiles en Joyce serán los encargados de marcar esa parte más desoladora de la estructura social que supone Dublín. En cuentos como Las hermanas, Un encuentro, Arabia, Duplicados, los niños vienen siendo las víctimas más dolorosas de todo un entramado donde la perversión parece insinuarse. Magistral es la forma en que Joyce construye los ambientes, o bien cerrados como la habitación de las hermanas, ambientes que insinúan secretos incómodos; o la posibilidad del peligro en una aventura inocente como es el caso de los niños que escapan de la escuela en Un encuentro y se topan con un desconocido que parece sentir una extraña atracción por ellos; Arabia y Duplicados, sin embargo, nos muestran la cruda realidad de las relaciones familiares, donde el alcohol y la violencia paterna marcan el día a día de los infantes, nunca olvidaré el dolor con que el hijo del personaje de Duplicados, le suplica que no le pegue más a cambio de una oración, es imposible que un lector no quede ahogado y desolado ante escenas como esta.
Pero la impotencia adquiere otra dimensión ante la evidente decadencia de los personajes masculinos, no quedan muy bien parados, para estos hombres, como son el caso de los personajes de: Después de la carrera, Dos Galanes, Una nubecilla, Duplicados, Un triste caso; son la frivolidad, el alcohol, su lascivia, celos, envidia, su egoísmo, su desdén hacia la mujer, sea esta su esposa, hija o amante, más importante que sus responsabilidades mismas. La lucha por adquirir un privilegio, el desprecio por lo de afuera pero el deseo reprimido de huir también, todo ello termina siendo cargas que se desahogan de forma violenta en sus ambientes familiares. Ante ello, las mujeres de estos cuentos, sin desembarazarse del todo de la predisposición a actuar según lo irlandés y según la Iglesia, afrontan el reto del sostén familiar, son las encargadas de quedarse al frente cuando el padre, el tío, el esposo, incluso el amante, no está más. Unas logran sortearlo con bastante fortuna, otras se ven divididas entre la supervivencia, la moral y el deber, otras se dejan simplemente guiar por la corriente que, o bien puede disminuirlas a meras sombras que sirven sin más o conducirlas a la muerte; esto lo podemos encontrar en Evelin, La casa de huéspedes, Polvo y Ceniza, Un triste caso. Las mujeres vendrían siendo la otra cara de la moneda que Joyce nos muestra, si ellas tienen la oportunidad de irse lo hacen divididas y con remordimiento, no así los hombres, que lo hacen sin más; Joyce no puede dejar de plasmar esta situación, porque ellas son parte del sostén de ese Dublín que dista muchísimo de ser una postal idílica.
No puede faltar tampoco el explorar la realidad conflictiva que involucra la política y la religión, esto lo encontramos en relatos ya mencionados como lo son Las hermanas, pero que ocupan un lugar preponderante en: Efemérides del comité, Una madre, A mayor gracia de Dios. La historia de Irlanda ha sido marcada por la debacle que ha supuesto el afán imperialista de Inglaterra, la resistencia misma del país. No es posible por tanto que la vida de Dublín no este determinada por discursos, posiciones adversas, discusiones constantes, sospechas y paranoias.
A pesar de todos estos temas abordados, lo más importante para Joyce no es la exposición moralizante, o incluso la denuncia contundente de lo que esta mal, no, para él es indispensable que el lector se vea envuelto en la miasma, que se descubra él mismo atravesado por una realidad que nos puede parecer difícil de entender por momentos. Es que no parece, en una primera lectura que algunos cuentos nos digan algo. Sucede con Los muertos, el magistral cierre de esta colección. ¿Cómo consigo? Seguro se preguntó Joyce ¿Cómo consigo que mis lectores entiendan?, posiblemente a Joyce tampoco le importaba que entendiéramos, está claro que, en cuentos como Los muertos, simplemente lanza, a través de sus imágenes bien construidas el tema de la memoria, el pasado, la identidad contenida en lo que ya fue. Con un uso del lenguaje magistral que no solo enmarca una situación, envuelve al lector, lo va introduciendo de a poco en los sentimientos, el desasosiego, así lo hace en la escena del niño viendo por la ventana en el cuento de Las Hermanas, lo replica aquí con Gretta escuchando una vieja canción.
Con Gretta lo entendí yo. Los muertos, parece en un principio una descripción de la frivolidad de la sociedad privilegiada, no parece tener un sentido, parece más bien una anécdota, podría hacerse eterna para un lector, pero que, en un momento dado, nos vemos atrapados en el sortilegio del recuerdo, la melancolía, ese placer inusitado que supone reconstruir en nuestra memoria lo que hemos vivido. Gretta parece la Irlanda que anhela, atravesada por el recuerdo, llorando a sus muertos y que fustigada por el constante atropello grita, haciendo suya las palabras de Gabriel, su esposo, ¡Sería mejor estar allá afuera que aquí dentro cenando!
Puede resultar una osadía intentar condensar esta obra de Joyce en esta reseña, pues se queda corto cualquier intento de abarcar todos los cuentos juntos. De cada cuento se puede permitir explayarse en un análisis exhaustivo para dirimir la enorme capacidad creativa que logra Joyce.
En lo personal me quedé titiritando de frío bajo la nevada que azota Dublín, siendo uno de los muertos que Gabriel imagina afuera de su cuarto. Siendo parte de esa memoria que Joyce pretende inmortalizar para dejar una evidencia eterna de que el problema siempre hemos sido, nosotros mismos.
