GABRIELA GONZÁLEZ|| En el cuento de Hans Cristian Andersen, La vendedora de fósforos, en su desenlace, la niña enciende uno a uno los fósforos, y cada vez que se hace la luz, se presenta ante ella una escena diferente, esos cortos destellos son suficientes para armar ese rompecabezas; contemplar y entender hasta el final lo que estaba pasando. Esta sensación me dejó Claire Keegan con su último libro Bien tarde en el día (2024); sintiendo que leí poco pero me contó mucho; con estupefacción ante el estilo tan depurado que consiguió. Es un ejercicio de sencillez absoluta, contención y dominio del lenguaje, certeza en lo que quiere decir y dejar claro lo que no.
Claire nos presenta a Cathal, su protagonista; nos deja ver su carácter, parece un hombre huraño. Se encuentra en su trabajo y no quiere saludar a nadie, hace todo por evitar hasta el mínimo contacto con sus compañeros, nos deja claro que no tiene un buen concepto de nadie. Los ruidos que llegan de afuera le molestan, hay algo que lo mantiene como a la defensiva o más bien una persona, pues sus pensamientos van y vienen sobre ella. Terminada la jornada, espera inquieto el bus, se exaspera porque se sienta una señora a su lado, piensa que la mujer le sacará plática y le amargará el trayecto -típico estereotipo- pero no, la mujer sólo saludó, fue cortés y se queda extrañado porque ella saca una revista y se pone a leer sin prestarle más atención. Ya caminando hacia su casa, sigue con la misma negatividad, no querer ver a nadie, que nadie lo salude.
Cathal es la columna del relato. Qué mejor manera que ganarse el favor del lector que contándole ciertas confidencias. Además quién no ha sido así de apático, quién no ha rehuido de sus compañeros de trabajo o de sus vecinos, quién no ha tenido días en los que quisiera ser invisible o enmudecer al mundo entero. Por defecto algunos lectores suelen romantizar al protagonista, ya sea por verse reflejados o por poca perspicacia, pero curiosamente, sucede más con los protagonistas masculinos, si son problemáticos, se saca la baraja entera, la carta del contexto, la carta de que es muy humano, la carta de que su vida es difícil, la carta de la coherencia… con las mujeres no, a ellas inmediatamente se les patologiza, todas locas, putas y cabronas. Pero cuidado, el narrador puede contar sólo eso que le conviene, puede manipular la historia para su propia conveniencia. Y Cathal no es un narrador fiable, sólo trae a colación eso que refuerza su postura y, por lo tanto, le hace tener la razón, él y sólo él está en la posición adecuada ante lo que pasó.

He hablado antes para El viejo librero sobre Claire, es una escritora irlandesa que he seguido en los últimos años, conocí su obra por la película The Quiet Girl (2022), adaptación de su primera novela Tres luces (2010); me pareció una historia tan especial e intimista, que quise saber cómo había sido contada originalmente por su autora. Su estilo y forma de narrar me atraparon, seguí con Cosas pequeñas como esas (2021), su segunda novela y luego con sus cuentos; Antártica (1999), y Recorre los campos azules (2007). Toda su escritura se centra en la cotidianidad, en ambientes rurales y semirurales, donde el paisaje es también simbología, abordando con una mirada inteligente, delicada y comprensiva distintas problemáticas a las que las mujeres estamos expuestas. Como ven su obra no es extensa, apenas cinco libros en veinticinco años.
Claire ya era breve y concisa, siempre directa al grano; pero lo logrado en esta última obra me ha hecho darme cuenta de lo importante que es la precisión, la moderación en el uso de adjetivos y adverbios; me imagino el gran trabajo que hay detrás; sopesar y dar valor a la eficacia de cada palabra, podando una y otra vez lo escrito, como esas anécdotas que se cuentan sobre Raymond Carver, de que escribía hasta treinta versiones de un cuento, hasta llegar a su ansiada sencillez; y es que su austeridad verbal me lo recuerda. Como latinoamericanos estamos acostumbrados a la grandilocuencia, a la creación de universos extraordinarios, a juegos literarios y a la experimentación, que cuando llegamos a escritores casi minimalistas, nos cuesta apreciar su literatura, me pasó con Salinger o Hemingway. También en la escritura a veces menos es más.
En Francia, al libro se le tituló Misoginia. Es un acto certero pero también de poca sutileza, porque este es un retrato de todo eso que los hombres esperan de una mujer, un hombre irlandés que no es diferente a uno nicaragüense o latinoamericano; de lo que esperan del matrimonio, de todo eso que no dan, de todo lo que no reconocen, todos esos pequeños gestos y actitudes que dañan a las relaciones de pareja. Cathal critica todo lo que le gusta a su novia, ella admira las pinturas de Vermeer, a él le parecen mujeres ociosas, mujeres que no tienen nada mejor que hacer; ella compra frutas para hornear un pastel, a él le parecen caras y le reprocha, ella es francesa y le irrita su dominio del idioma inglés, al empezar a vivir juntos, le molestaba que ella tuviera toda clase de calzado, él apenas tenía unos cuantos pares, que no limpiaba ni lustraba; le molestan los cojines nuevos en el sofá, cualquier cosa que considerara innecesaria; que compre verduras, que inmediatamente tenga buena sintonía con los vecinos. Su machismo le impide ver las necesidades de Sabine, no la comprende, lo arruina todo, todo se trata de él. Espera que ella pague por todo en el supermercado, su gran colaboración es lavar los platos y aún así critica cuánto ha pagado Sabine por las cosas, es una rata, un tacaño hasta cuando tiene que pagar por su anillo de compromiso:
Entonces él la hizo salir a la calle, diciéndole que debían negarse a pagar ese cargo extra, pero ella insistió en que les habían informado del costo adicional.¿Crees que el dinero lo encuentro en los árboles? – le dijo a Sabine, e inmediatamente la larga sombra de las palabras que su padre habría empleado, pasó sobre su vida, sobre lo que debería haber sido un buen día, sino uno de los más felices.”
El año pasado en Irlanda en un referéndum se falló en contra de actualizar el Art. 41 de su Constitución de 1937, se buscaba reemplazar “los deberes de la madre en el hogar”, por una cláusula que reconociera que los cuidados también deben caer en otros miembros de la familia. Es aún una sociedad que sólo espera el servilismo de la madre y la esposa, con esto se quería dar una lección a las mujeres, es el signo de los tiempos: no estamos avanzando, estamos retrocediendo, derechos conquistados se van perdiendo poco a poco, los más jóvenes están alienados con conservadurismo y fascismos en las redes y por todos lados. Cathal es un reflejo de su sociedad, sólo quieren una empleada particular, que la esposa sustituya a la madre, que lo cuiden y atiendan; pide matrimonio a Sabine porque le gusta que cocine para él; que sea un ser pensante le molesta.

Cuando algo falla siempre queremos un culpable. Saber qué pasó. Tomar conciencia de si nos fallaron o fallamos y dónde estuvo el quiebre, dónde el error. Pero hay gente que aún sabiendo que la cagó no se hace cargo de nada, esa perpetua víctima que sólo ve los fallos de los demás. Cathal sabe que ha actuado mal pero aún así culpa a su pareja por el rompimiento, la insulta y deja que su hermano también lo haga, más bien se lamenta el no haber hecho un comentario feo sobre sus ojos, pues ella tenía estrabismo. Creía que al tener un defecto visual la chica se conformaría con él, que le agradecería por fijarse en ella, que al ser extranjera la manipularía, que la confundiría con el idioma. Nunca se asoma a su interior, no hay ninguna autocrítica.
El relato transcurre en un mismo día, el día en que se habrían casado, Cathal sólo lamenta lo económico. El relato son sólo sus impresiones, imaginemos lo que tendría ella para contar. Ojalá hubiera más mujeres como Sabine, que vio el peligro y aún con la boda ya montada decidió no ceder. Porque ya es hora de que nos pongamos en el centro de nuestras vidas y no pensar en que lastimaremos o incomodaremos. Cuando intuimos algo escuchémonos a nosotras mismas, no nos hagamos las pendejas. Leí el libro en menos de una hora, no quería que se terminara, aún así me quedó una sonrisa de oreja a oreja, un final más feliz, imposible. Con un suspiro de alivio ante la determinación de Sabine y alegre de ver que Cathal seguirá en su miseria; pero a como dije al principio también sorprendida ante este ejercicio de refinamiento y brevedad, quienes han seguido su trayectoria se darán cuenta de este salto evolutivo en su estilo y narración. Muy bien contado Claire, mujer tenías que ser.
