GABRIELA GONZÁLEZ|| La buena ciencia ficción es esa que explora la relación del hombre y la tecnología, el uso que le damos; cómo esos avances son un reflejo de lo que somos, inquietudes, intereses y aspiraciones. Cuando pensamos en este género siempre se nos vienen a la mente mundos distópicos, con la acción en el futuro, casi nunca la imagen es en el presente, con los avances que tenemos justo ahora y esto es lo que hace Samanta Schweblin en su novela Kentukis, escribir desde el presente, porque somos varias generaciones a las que la tecnología ya les repercute, que hemos visto cómo nuestra rutina se ha tecnologizado y ya hay incluso una generación nativa de esta era digital.
Desde siempre la humanidad ha intentado crear a un semejante al que pueda dominar, que le ayude con los trabajos complejos y menos apetecibles, con autómatas y androides domésticos que vendrían a ocuparse de todo, supongo que cada vez estamos más cerca de conseguirlo, pero mientras tanto, la industria nos vende un aparato para cada tarea del hogar, un robot de cocina, un robot de limpieza, asistentes virtuales que te ahorran la ardua labor de buscar información y reproducir la canción que querés oír.
Samanta Schweblin no ha creado una obra de ciencia ficción pura y dura, la tecnología no es lo principal, ni siquiera recrea una tecnología futurista; no hay tecnicismos, ni una filosofía detrás, tampoco tesis científicas como hicieron por ejemplo Isaac Asimov o Stanislaw Lem, ella ha imaginado un mundo lleno de kentukis, unos dispositivos que nos pueden conectar con otras personas. Es básicamente la idea de las redes sociales, pero en lugar de un millón de amigos esta es una conexión única, un único amigo íntimo al que metés en tu casa como si se tratara de una mascota electrónica, manejada por alguien completamente anónimo que no se pueda elegir, y en esa posibilidad es donde está la gracia o el abismo, según se quiera ver.
Alina, uno de los tantos personajes de esta novela coral nos los describe así: “el kentuki no era más que un cruce entre un peluche articulado y un teléfono. Tenía una cámara, un pequeño parlante y una batería que duraba entre uno o dos días dependiendo del uso. Era un concepto viejo con tecnología que también sonaba a vieja. Y así y todo, el cruce era ingenioso”.
“Entonces pensó en que su cuervo podría picotear en su intimidad abiertamente, la vería de cuerpo entero, conocería el tono de su voz, su ropa, sus horarios, podría recorrer libremente la habitación”.
Samanta sabe que con estos temas lo fácil es irse por el vouyerismo y el exhibicionismo, causar morbo, de hecho juega con eso, la primera historia es todo un gancho, pero ella quiere tu reflexión, qué es digno de nuestra atención, qué es digno de ver, porqué y para qué vemos, con qué intenciones, qué estamos dispuestos a mostrar y qué cosas está dispuesto el otro a mirar, dónde queda la frontera entre la exposición y la invasión.
“Necesitaba saber qué tipo de usuario le había tocado. ¿Y Qué tipo de persona elegiría “ser” kentuki en lugar de “tener” un kentuki? Pensó en que también podía ser alguien que se sintiera solo, alguien como su madre, en la otra punta de Latinoamérica. O un misógino viejo y verde, o un depravado, o alguien que no hablaba español”, porque en esta dinámica surge, una vez más, la replanteación de categorías, como en Un mundo feliz de Huxley, ser Alfa, Beta o Gamma; en este caso ser amo o kentuki, porque poca gente está dispuesta a exponer su intimidad ante un desconocido, pero a todo el mundo le encanta mirar, juzgando siempre al que decide mostrar y no al que paga para acceder a la vida de otro.
“-Además no entiendo -dijo Inés al final-, ¿por qué no te buscas un novio en vez de andar arrastrándote por el piso de una casa ajena?”. Qué nos mueve a esto, qué necesidad hay en mendigar una mirada aunque sea a larga distancia y a través de una pantalla, tal vez la soledad. Ahora que estamos tan híper conectados es cuando peor nos comunicamos, es una gran paradoja, no queremos ni hablar sólo enviamos mensajes y terminamos usando esas herramientas solo para distraernos, desconectarnos scrolleando hasta el infinito, nos terminamos alejando más, nos encapsulamos enganchados a ciertos contenidos y a ciertas personas dando la espalda a todo lo demás. Es cuando más solos nos sentimos, pero a la vez es cuando mejor tenemos que mostrarnos porque una parte de la vida se volvió un escaparate y a veces, es inevitable no caer en la corriente, todos hemos querido aplastar lo que ahora se considera como un fallo personal, el aburrimiento.
“Enzo creía que dos personas solas, de dos mundos posiblemente distintos, tenían mucho para compartir y para enseñarse. Necesitaba esa compañía, la quería para ambos, y terminaría por ganársela”. Qué pasa cuando no encajas en el canon, es terrible la idea de no ser interesantes para otra persona, que del otro lado no se aprecie lo especial que sos, en una residencia de ancianos dos kentukis prefirieron tirarse a la piscina al no estar conformes con lo que les había tocado, un hombre está desesperado por tener comunicación con su kentuki, lo intenta todo, le da su teléfono, su email, su dirección pero nada, ese kentuki no está ahí para ser su amigo. “Se pasea el día entero por mi casa pero no se digna a dirigirme la palabra. Es algo intolerable. ¿No le caigo bien?”.
Las pequeñas y grandes transgresiones cotidianas como la mentira, el acoso, el robo y la extorsión las hemos llevado también al mundo digital, nunca es un gran acto de heroísmo, siempre gana el afán por dañar a otras personas, y al tener acceso a la intimidad más absoluta inevitablemente sale a flote toda la vileza de la humanidad, pedofilia, maltrato animal, violencia hacia la mujer, violencia de padres a hijos.
En cada nuevo espacio que se abre el hombre lo adoptará para seguir esparciendo su cultura de la violación, para seguir expandiendo, difundiendo y perpetuando el abuso, esto sí que no es ficción, como el infame Alexander McCartney, que llevó a cabo el peor caso de catfish, que a través de Snapchat contactó con miles, sí, miles de víctimas en más de 30 países durante años, es la primera persona en ser condenada por homicidio viviendo la víctima en otro país y continente sin haberse conocido en persona. Hace poco nos encontramos con la noticia de que se han descubierto dos chats con más de 70000 hombres cada uno en Alemania y Portugal, en los que compartían “imágenes íntimas” de sus víctimas, además de estrategias sobre cómo drogar y violar mujeres, ya que eran sus novias, esposas, amantes, incluso sus propias madres e hijas, es terrorífico porque esto va creciendo, y corremos el peligro de que algún día, por acumulación nos acostumbremos y deje de parecer algo malo y repudiable.
Y si alguien se atreve a boicotear el sistema siempre es para el beneficio personal y no para el bien común, aún habiendo un sinnúmero de posibilidades. Samanta nos pone el ejemplo de un vendedor de “Conexiones de kentukis preestablecidas” a gusto de los compradores, activaba un sinnúmero de dispositivos y los ofrecía a la carta: ciudad, ámbito social, edad de los amos, actividades del entorno. Con anuncios como: “Familia humilde, padre y madre ausentes la mayor parte del tiempo. Tres hijos de entre 4 y 7. Tres ambientes. Salidas diarias del kentuki a una guardería infantil. Carga nocturna junto a la cama de la nena”. ¿Quién estaría interesado en esto? Este personaje, al tener tantas conexiones en simultáneo, se ve obligado a ver las situaciones más inquietantes y a través de él asistimos a una de las historias más duras del libro, que nos pone frente a un espejo, si sos testigo de un crimen ¿harías algo para detenerlo o sólo cerrarías la pantalla?
Por capricho o algún interés a vos como nativo del trópico ¿te gustaría ver cómo vive una familia en las montañas de Vietnam? ¿te gustaría ver cómo vive un campesino francés? O por el contrario ¿qué es lo que quiere ver el primer mundo? Tal vez la vida de alguien en un pueblo brasileño en el que hay más cabras que personas y en el que nunca imaginarían siquiera encontrar conexión a internet, y menos que tengan un capricho caro como un kentuki. “Siempre habría europeos de clase alta dispuestos a circular sus instintos filantrópicos por países demasiado incómodos para ser visitados al estilo tradicional”.

Como la gran creadora de tensiones que es, Samanta, una vez más nos muestra que la normalidad es una gran mentira, de puertas adentro nada es igual. La apariencia de animal que ha otorgado a los kentukis no es casual, la idea es que los veas como unas adorables mascotas, como entretenimiento, algo intranscendente, pero una vez que desaparece la diversión queda la maldad, de principio a fin sentimos el mal latiendo escondido bajo las palabras.
Hemos ido viendo la progresión, cómo en un principio unos cuantos eran los osados, los que compraban los aparatos o la conexión. En la televisión se hablaba de los bichos como una curiosidad, progresivamente van acaparando segmentos en los programas y noticieros, con anécdotas y tips para sacarles el mayor provecho, mostrando vídeos divertidos viralizados por sus dueños, como solíamos hacer con los perros y los gatos; y finalmente, hay gente que ha abandonado su vida y se ha abocado a vivir como kentuki, poco a poco van volviéndose parte del paisaje, los ves acompañando a sus amos en los parques, mercados o cafeterías, algunos con correas, otros van libres. Hemos banalizado la intimidad. Ya están por todos lados.
