Michael Haneke y el tormento de algunos

BRENDA GÓMEZǁ Es una cosa inexplicable cómo el cine pueda servirte de espejo. El efecto de éste puede obligar a convencerte que no todo tiene que ser digno de una opinión más allá de eso que te provoca el instante que terminas una película. Una historia puede ser argumentada sencillamente como rara e inexplicable. Puede que alguna vez hayas descrito como mala la serie más comentada del último año. La réplica de la gente, tratándose de una percepción diferente a la de ellos, siempre es la que inquieta porque, lejos de señalarte aspectos técnicos o diálogos que sobresalgan en una historia, terminan repitiendo la frase que lanza el medio que más se lee, ya sea positiva o negativa.

La mente merece un descanso y luego de ese descanso un incentivo para afrontar nuestro día a día. Para ello he pensado en tres recomendaciones cinematográficas ideales para terminar el año, o bien para iniciarlo. Aunque ha sido difícil escoger, me he decantado por tres películas del austríaco Michael Haneke.

Haneke es precisamente de esos directores que pueden entrar fácilmente en la categoría de raros, con películas y temáticas incómodas y crudas, que no dejan indiferentes al espectador y por lo tanto su cine no está excepto de polémicas, más allá de eso, es un director esencial, cuya filmografía hay que visionar. Es un cine adulto, crítico, que nos enfrenta a nosotros mismos con nuestros errores y temores. He elegido Amour (2012), La cinta blanca (2009) y La pianista (2001).

Amour es el drama de dos jubilados músicos, Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Louis Trintignant), quienes viven solos en su apartamento parisino, tienen una hija que reside en Londres a la que no ven con frecuencia. La situación de ambos empieza a derrumbarse cuando Anne sufre una parálisis. Lo que más me gusta de este director es que todos sus personajes jamás ignoran las consecuencias de sus actos, por eso muchas veces nos parecen fríos, y en esta película particularmente tiene un plus su final porque, aunque nunca haya estado a la vista el peligro, al espectador no lo toma por sorpresa. Como bien dice la escritora Sigrid Nunez “la muerte no siempre tiene que ser narrada como una batalla heroica” y Haneke es capaz de prepararte, durante dos horas de metraje, para asimilar la banalidad en la plegaria de los pensamientos positivos.

En La cinta blanca, en un pueblo protestante del norte de Alemania empiezan a suceder cosas extrañas, la historia reflexiona sobre los orígenes del nazismo en vísperas de la primera guerra mundial. Rodada en blanco y negro, Haneke es contundente al cuestionar los métodos paternales en pro de la disciplina, que no son más que sádicas reprimendas, además de orientarnos por qué no pueden continuar los silencios en torno a temas que tienen que ver con el odio amparándose en el derecho a la libertad de expresión.

Con La pianista, adaptación de la novela de Elfriede Jelinek (Premio Nobel 2004), lleva a la pantalla la frustrada vida de una maestra de piano que vive bajo el dominante control de su madre. Con Isabelle Huppert en el papel principal, el director aprovecha los fragmentos de la obra para crear una atmósfera capaz de incomodar al espectador. Hay situaciones escalofriantes, pero lejos de formular una interrogante, plasma algunos comportamientos que deberían de ser inaceptables dentro de nuestra sociedad.

Michael Haneke se caracteriza por mostrar una visión particular del mundo, siempre es bueno encontrar en el cine las carencias y el porqué de la absurda necesidad de reafirmar la supremacía y la falsa idea de éxito. Las tres películas se pueden encontrar en internet y agregaré una más a la lista, Gritos y Susurros (1972) pero del director sueco Ingmar Bergman, otro nombre que abrió la ventana en el cine de autor.

El séptimo arte tiene la maravilla de convertir en cercano lo que parece distante. No debería de extrañarnos que a través de él se forme un protagonista capaz de destruir lo que podría servir de vínculo, ser alondra, o una multitud de hojas otoñales. Teniendo en cuenta la sensación de estar atrapados me parece la única herramienta posible de lenguaje o no sé si me estoy poniendo muy trágica. Pues al final en la vida, al igual que Beethoven, es mejor una nota falsa que interpretarla mal. 

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