GABRIELA GONZÁLEZ|| La ciencia ficción como cualquier otro género literario cuenta con múltiples categorías según las temáticas, hablar de ciencia ficción es hablar de utopías, distopías, ucronías, con diversidad de temas que le enriquecen. El muro (1963) de Marlen Haushofer es una de esas obras difíciles de categorizar y pionera en varios aspectos: en la ciencia ficción femenina, llegando a jugar con algunos tópicos del género como el de, el último hombre sobre la tierra, pero Marlen lo revierte y pone a la mujer como protagonista y centro del relato. 

Hubo una catástrofe que prácticamente ha acabado con la sociedad, así que nos sitúa en un escenario post apocalíptico, aunque aquí el mundo sigue siendo tal como lo conocemos, también es pionera en la eco literatura, la novela está cargada de una gran sensibilidad hacia la naturaleza, despojada de toda visión utilitaria, no la valora sólo por el beneficio que obtiene, sino que es una comunión total. Pertenece además a esa nueva ola de escritores que a partir de los años 60 elevaron a la denostada ciencia ficción, que se había estancado en imperios galácticos y en la lucha de los hombres contra aliens en novedosos y distantes planetas, dotando al género de mayor realismo, abordando problemas sociales, centrándose en la psicología e ideas de sus protagonistas, que ya no son héroes errantes sino personas en la heroicidad del día a día. 

El muro es la historia de una mujer burguesa que va de vacaciones a la cabaña de caza que tienen su prima y su esposo en las montañas austriacas, el día de su llegada la pareja va al pueblo pero no regresa, al día siguiente ella sale a buscarlos pero solo encuentra una pared transparente tras la cual parece no haber vida. “Aturdida extendí la mano y toqué algo liso y frío: una resistencia lisa y fría donde sólo podía haber aire. Lo intenté otra vez con aprensión y de nuevo mi mano se posó sobre algo parecido al cristal de una ventana. Entonces oí unos latidos fuertes y me volví antes de comprender que se trataba de mi propio corazón que latía estrepitosamente en mis oídos. Mi corazón había sentido temor antes de que yo lo supiera”.

Este muro es un enigma, “supuse que se trataba de un arma nueva que una de las superpotencias había conseguido mantener secreta, un arma ideal, por cierto, que dejaba intacta la tierra, pero mataba a los hombres y a los animales”. Indaga hasta dónde llega, se da cuenta que se ha quedado atrapada en el bosque, la situación es inconcebible pero en el momento no siente preocupación ni desesperación, esas cosas realmente vienen después, un adulto no rompe a llorar instantáneamente, tarde o temprano llega, en el momento del golpe sólo está la sorpresa, luego vienen el dolor y la conciencia. Ella mantenía la esperanza de que en unos pocos días la liberarían. Es resolutiva, sobrevivir es la prioridad, empezó a hacer acopio de todo cuanto había en la cabaña, tanto para su bienestar como para su protección. 

Sólo está acompañada por el perro de sus parientes, luego llega una gata de campo; le parece imposible que haya alguien más en la montaña, pero también teme ante esta posibilidad, “El único enemigo que hasta ahora había conocido en mi vida había sido el hombre”. Explora a fondo el bosque, y las demás cabañas, solo encuentra una vaca por los prados, así descubre que las personas del otro lado del muro han muerto: “Una mujer estaba sentada inmóvil al sol. No distinguí su cara porque tenía la cabeza caída y parecía dormir. Miré la escena hasta que mis ojos me lloraron y el cuadro se disolvió en formas y colores. Atravesado en la puerta, un perro pastor con la cabeza apoyada en las patas no se movía. Si aquello era la muerte, había sido rápida y leve, casi amorosa”. Asume que ha pasado lo mismo en todo el país, quizá en todo el mundo.

No tiene ni idea de cuánto durará aquello, pero supone que los vencedores ocuparían los países, el tiempo pasa y nadie hace acto de presencia, piensa que a lo mejor no hay vencedores, sólo le queda esperar y seguir viviendo. “Podía matarme o intentar abrir un camino debajo del muro, lo que probablemente no sería más que otra forma de suicidio más dificultosa”, es un callejón sin salida. La historia nos la cuenta la propia protagonista, que cuatro años después de este evento inexplicable empieza a escribir un diario, plasmando el trabajo y la rutina diaria, se van colando también sus reflexiones y pensamientos, se van colando también datos anticipados a lo que está describiendo, sucesos que sin duda serán dolorosos y sólo nos queda pensar el cómo sucederán, qué los desencadenará. 

El relato tiene muchas capas, ha ocurrido algo trascendental pero la actividad doméstica es el centro y lo vertebra todo, es curioso cómo a pesar de estar en esta clausura inexplicable, pese a perder todas sus comodidades, se encuentra a sí misma, encuentra libertad y liberación, está sola con los animales y cuidarlos también implica trabajo pero encuentra paz en ello, intuimos la insatisfacción con su vida anterior, el esfuerzo que le significaba socializar, moverse con la rapidez que exige una ciudad, cuidar y vivir para su familia. La carga mental a veces es más dura que cualquier trabajo físico, cada acción se convierte en una reflexión para el lector. “Las dos adolescentes desagradables, despegadas y agresivas que había dejado en la ciudad se habían vuelto de pronto irreales. Por ellas no lloré nunca, pero sí por las niñas que habían sido hacía muchos años. Quizá parezca cruel, pero no sé a quién tendría que engañar hoy. Puedo permitirme escribir la verdad. Todos por los que he mentido durante mi vida están muertos”. 

No hay una acción trepidante como se espera en el género, es sólo una mujer atrapada, acompañada por animales, pero en esa unión, en esa comunicación verbal y no verbal hay una gran belleza, poesía y armoniosidad. Retrata perfectamente esas sensaciones y desgastes del día a día, cuando algo nos parece imposible pero le ponemos empeño, la satisfacción al lograrlo. El agotamiento mental y físico, la dificultad para desahacernos de ciertos hábitos; querer tirar y renunciar a todo, incluso a nosotros mismos, porque es terrible depender de un cuerpo insatisfecho y en constante ansiedad; idear la mejor manera para morir, luego el repentino subidón de energía y esperanza, la resignación de seguir porque sabemos que no seremos capaces de abandonar ciertas cosas y seres que amamos, y por ellos continuamos, ya transmutados y con total ausencia de miedo. Es universalmente humano.

El muro pasa a ser parte de la normalidad, ya ni siquiera piensa en él, aunque a nosotros nos sigue pareciendo siniestro, “El muro me obligó a una vida completamente nueva, pero lo que de verdad me conmociona es lo que siempre me conmocionó: el nacer, el morir, las estaciones del año, el crecer y el decaer”. Nunca sabremos cómo actuaríamos frente a una desgracia hasta que nos pasa, nos adaptamos a todo y nos deslumbra lo que siempre nos deslumbró. Marlen nos hace un llamado a apreciar lo esencial en el presente antes de que nos sea arrebatado.

El contenido es oscuro y duro pero el lenguaje es todo lo contrario, sencillo y lleno de detalles. Es una narración completamente sincera, ella se vuelve más auto consciente, volcada en su interior, se va alejando de la feminidad tal como la concebimos, no debe gustar a nadie, si la ropa favorece o no, da igual, todo se reduce a su funcionalidad. “Mi cuerpo, más inteligente que yo, se había adaptado y había reducido al mínimo las incomodidades de mi feminidad. Podía olvidar fácilmente que era mujer. A veces era una niña recogiendo fresas, luego un joven serrando leña, o, cuando me sentaba en el banco con Pearl (una gata) sobre mis delgadas rodillas y contemplaba la puesta de sol, un ser muy viejo y sin sexo”. Las constantes dudas de si sos justo o no, ser clemente o castigar, el no tener a alguien a quien seguir y consultar, decidir por vos misma para todo, son reflexiones, que en una sociedad tan infantilizada como la actual, se vuelven muy necesarias y profundas. 

“Las barreras entre el hombre y el animal caen con suma facilidad. Todos formamos una gran familia y cuando estamos solos o somos desdichados aceptamos gustosos la amistad de nuestros primos lejanos. Ellos sufren como yo si les hacen daño y, como ellos, yo necesito alimento, calor y un poco de ternura”. Aún estando solos no lo estamos, no hay un yo individualizado en la naturaleza, dependemos de los elementos, dependemos de los animales, aunque desde tiempos ancestrales nunca los hemos respetado, en nuestros conflictos vamos siempre contra la tierra del enemigo y contra su sustento. 

Para que haya creación, dice San Agustín, debe nacer el hombre. Pero Marlen Haushofer da la espalda a este antropocentrismo, “Cuando observo la tierra al otro lado del muro, no veo ni hormigas, ni escarabajos, ni el más pequeño insecto. Sin embargo no es algo definitivo. La vida, pequeña y sencilla, penetrará con el agua de los arroyos de nuevo en la tierra y la vivificará. Este renacer podría serme indiferente, pero por raro que parezca me llena de una profunda y secreta satisfacción“. No es el ser humano lo más importante, es la vida sin más, cualquier tipo de vida, nos transmite la esperanza, de que a pesar de todos los desmanes que cometemos contra la naturaleza esta siempre se abrirá paso. Propiciar el progreso para el futuro, aunque nosotros no podamos disfrutar de ello, es el acto de mayor nobleza. 

Esta mujer, a la que nunca le llegamos a saber el nombre, escribe, aunque no tenga ninguna certeza si será leído, cuenta sus repetitivas labores, pero repetitivo no como una maldición, como Sísifo, sino como alguien que se ha fortalecido, que cuida y que ama y que lo seguirá haciendo mientras exista vida en el bosque; escribe hasta quedarse sin papel, ahí termina el relato pero suponemos que ella continúa en la montaña. “Ahora estoy serena. Veo una perspectiva abierta. Comprendo que esto no es el final. Todo continúa”.

“El recuerdo, el dolor y el miedo permanecerán mientras viva y también el trabajo duro”. Te invaden muchos sentimientos, no querés perder esa voz, no es una utopía tampoco una distopía, sólo una mujer viviendo al margen de todo, viviendo su vida a como quiere, encontrando un espacio solo para ella, nada más subversivo que eso. Marlen Haushofer, mujer tenías que ser.