BRENDA GÓMEZ|| Las redes son ideales para hacernos simular bienestar, para que podamos vernos actuales, perfectos, nos permiten reconstruir una vida completa partiendo de determinados datos como los gustos y los pensamientos, que, por otra parte, apenas se articulan de forma individual en el mundo real. El concepto de comunidad existe únicamente en una especie de aldea virtual donde la vida que conocíamos está siendo liquidada con métodos muy eficientes: a través de la filosofía misma de la tecnología y el diseño de su propio lenguaje. Ambas cosas son capaces de hacerte creer que estás eligiendo, que tenes el control, que sabes distinguir lo bueno de lo malo, sin percatarte que los héroes también son simétricos. Pero las palabras no son inocentes, pueden ser coercitivas, la máquina te resuelta tan atractiva y adictiva porque te hace creer que es la única alternativa de escape a tu propio destino. Te ofrece la perfección, cielos con diferentes pantones de azul, el que más te guste, pero también la posibilidad de interactuar con “gente de 73 años con el filtro y el cuerpo de alguien de 30”.

Un sitio común, con frases automatizadas (Treffen-avatares-kataribe-Yurei) con bots imitando y buscando su propia forma, al que nos hemos ido acoplando de forma tan rápida y sin cuestionamientos, porque cada vez buscamos vínculos que no nos hagan razonar, buscamos ser los protagonistas. Un simple intervalo hace que las figuras se multipliquen como secuencias infinitas, como el buscador que te ofrece los 37 mil resultados en apenas 0,42 segundos, una especie de “mundo duplicado”, pero también una imagen aterradora de nosotros mismos. ¿Cómo hemos llegado a este desierto de incomunicación?

De todas estas cuestiones habla Juan Mattio en su libro “Materiales para una pesadilla”, cuya columna vertebral es la investigación de un hombre triste y en duelo, que quiere terminar la investigación que no pudo completar su novia, descubrir a los creadores de una máquina que espía y manipula por y mediante el lenguaje, una novela que entra en la categoría de Cyberpunk, pero también con ecos de novela negra y policial, donde el autor, de forma muy audaz, mezcla pasado, presente y futuro; lo primero para describir los procedimientos que ha confrontado la vida que conocíamos hasta una actualidad simplificada que luego te  llevará al tiempo venidero, hacia una ruta ya trazada (Reality-Tunnel) donde nadie exigirá creencias ni ritos, solo dinero. Te presenta a Haruka en el año 2036, una hacker japonesa, creadora de una red que permite la interacción de vivos y muertos. Mattio, a través de la invención de este Gerät, arroja muchas pistas para imaginar como empezará a fluir el día a día, pero una que yo considero vital es la muestra de planificación y los criterios de esta gente para ofrecernos un determinado producto, que comprenden las mismas leyes y el mismo sistema de programación estándar de Silicon Valley, que, aún “con su imagen de vanguardia, desaliñada y juvenil,  sueñan con un mercado que rentabilice sin interrupciones”.

El autor nos da también ejemplos análogos para profundizar en cómo el lenguaje pasa a convertirse en una maquinaria de manipulación; cómo pasa a ser una de las principales acciones para la destrucción de estados, y se centra en una herramienta en concreto: el rumor. Y con ello aborda episodios de la dictadura Argentina. Mattio sabe que la realidad a través de los testimonios que aparecen en la historia, son una puerta abierta y utiliza la ficción para llegar a cada zona de la actividad humana y sus propios campos semánticos, nos iremos acercando a los métodos de domesticación y los grados de horror a los que somos sometidos, hasta el punto de reaccionar de forma temerosa a la palabra “familia” por creer que podrían ir a matarlos. Como hoy en día con palabras como Feminismo o Progresismo, que están siendo catalogadas como algo malo y ya a algunos les dé vergüenza asumirse como tal.

También están otras historias como la de Andre, Katy y Miguel, que por medio de estas te va “desplegando toda una telaraña”. Las habilidades periodísticas del autor nos hacen emular la acción de alguien frente al monitor, abriendo archivos, carpetas, almacenando información y fuentes. Con estos construís un relato que, a mi modo de interpretar, se da únicamente combinando ficción y hechos. Pues de qué otra manera podríamos llegar a razonar sobre los traumas colectivos, o con qué otra forma podríamos imaginarnos a cerebros híbridos o “neuronas orgánicas conectadas con neuronas artificiales hechas a base de silicio que pueden conectarse por 5G para expandir la capacidad de procesamiento”, de qué otra manera podríamos tomarnos los experimentos de magnates como Bryan Johnson y su obsesión con la longevidad.

Del libro podría sacar muchas aristas, pero me quedo con una en particular, la que describe las nuevas ceremonias de duelo, un planteamiento ya abordado en “Ubik” de Philip K. Dick o en películas como “Los sudarios” de David Cronenberg, pero lo de Mattio no deja de ser novedoso pues repara en el pasado, en el ser que no está, en escombros, en memoria ligada a fechas, en la inutilidad de convertirnos en vivos regresando de la muerte, como “Lazaros silenciosos y perturbados”, porque de qué sirve tanto avance si solo está al alcance de pocos. 

“La disneylandia de los ritos fúnebres” le llama el autor. La idea de rentabilizar la perdida es el más vil de los actos. Sin embargo, a diferencia de otras obras de ciencia ficción, aquí no se le designa a la Inteligencia artificial capacidades casi humanas, aquí es lo que es: Información, no memoria. Es como un triángulo Sierpinski, pero con miles de respuestas al azar. Para crear este campo, Haruka partió de un hecho, la interacción de un anciano en un cajero automático, cuando vio que este se demoraba en salir se dio cuenta que era porque la máquina le preguntaba cosas como “¿desea hacer otra transacción?”, percibiendo que la soledad es el mal endémico actual, toma conciencia que la melancolía va apoyada a un sonido y una presencia.

En la realidad no estamos lejos de presenciar lo que propone el autor, ya hemos vivido la ruptura de los ideales, dictaduras que han utilizado el lavado de cerebro como arma contra sus oponentes internos y externos, ya existen bancos y oficinas comerciales donde nada puede cortar el flujo de operaciones, somos parte de un mundo que ya no busca respuestas, no hay sensibilidades, ni nada que te recuerde las monstruosas intromisiones, pero Mattio, a pesar de toda esta catástrofe logra vincularte con la historia del libro, activa la chispa en el lector, en los convencidos, en aquellos que buscamos alicientes; ya lo decía George Orwell: «somos capaces de creer las atrocidades según la predilección política», pero Juan entiende de mentiras en el discurso organizado y nos hace pensar en que no vale hacerte al lado de una opinión solo por afinidad, porque puede que esa figura tenga una sola cosa en común contigo, y entonces ¿Dónde queda todo lo demás?

Es imposible obviar que el libro, en el aspecto técnico, se avoca a conceptos como el de «telaraña», metáfora recurrente en la obra de Ursula K. Le Guin, pero el autor vuelve a darle vida a este supuesto equilibrio global, y se aleja de justificar la cronología nítida que se inventa cada individuo, el lector entonces hace la captura y exige materia porque los discursos no cambian solo se aprenden y se repiten a lo largo de los años, sabe que lo que ha quedado del pasado es solo una foto de alguien robusto, descolorida, cogiendo polvo en la puerta de nuestras casas para demostrar lealtad sin palabras a los que ignoran la velocidad del mundo. Pero transcribir exige otras alternativas, para Juan Mattio es la escritura la que rescata todo del incendio donde nos consumimos, y para nosotros, pequeños mecanismos desintegrados, la satisfacción de que de los escombros también brota la hierba. El sistema seguirá perfeccionándose, dotará de lógica a sus máquinas, controlará el argot, el orden exacto de las palabras, seguirán rentabilizando, pero ignoran, o eso creo, que algunos marchan para seguir la voz de su propia experiencia, aquello que es verdadero, que contiene un verbo, ya sabemos qué frases corrompen toda la estructura de una lengua.