BRENDA GÓMEZ || Todo lector, interesado o no en la ciencia ficción sabe que Ursula K. Le Guin es una gloria dentro del género, sólo comparable con grandes pilares fundacionales como Isaac Asimov o Stanislaw Lem, pero ahí donde primaba la ciencia y la robótica, llegó ella con su sociología, con su interés por el ser humano, con antropología; casi redefiniendo el género, sacándolo un poco de los márgenes y los clichés en los que se encontraba sumido. El corpus literario de esta autora es inmenso, novelas, relatos cortos, ensayos, poesía y crítica literaria. Ganando en repetidas veces los premios más importantes, incluido El Gran Maestro de La Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Estados Unidos, que es la máxima distinción que un escritor de ciencia ficción o fantasía puede ganar, desde su fundación en 1974, ninguna mujer lo había obtenido, tuvieron que pasar casi 30 años hasta que Ursula lo recibió en 2003.

La mano izquierda de la oscuridad (1969) es considerada una de sus obras maestras y fue todo un hito literario, ya que, hasta su publicación casi no se había abordado en la ciencia ficción temas como el género o la sexualidad, dimensionemos de que no existía ni el lenguaje ni las teorías sobre lo queer. El protagonista, Genly es el primer enviado del Ekumen a un planeta llamado Invierno, pero Genly estando ahí se encuentra involucrado en una intriga política y se ve forzado a huir junto a Estraven, un nativo de Invierno, en quien no confía, por no lograr descifrar qué es, si es hombre o mujer, pues Genly no puede librarse de las estructuras de pensamiento de su cultura, especialmente con el binarismo. 

En ese trayecto, atrevesando el glaciar, poco a poco se acortan las distancias entre ellos como individuos de diferente subespecies. Casi sin darse cuenta, en ese conocer al otro, surge la alteridad, lo llamas por su nombre, preguntas por su historia, se establece un cambio de perspectiva que te pone en la piel del otro, y se ha creado, sin ser consciente, una conexión emocional, que hace que veas al otro casi como un semejante, un humano, y acabas por trascender tu propio ser. “Aquí en Hielo cada uno de nosotros es una criatura singular”, como si a medida que nos alejamos de nuestros semejantes y nuestras normas, nos conducimos a nuestra propia esencia. 

Imagina un mundo en el que la religión es una institución sin sacerdotes, sin jerarquía, sin votos y sin credo. De seres que han perfeccionado la técnica del estómago perpetuamente colmado y a la vez siempre insatisfecho, seres que rinden homenaje a los sin nombre, a los elementos que habitan en la tierra. Un dominio con 83 planetas habitables y en ellos alrededor de tres mil naciones o grupos antropomorfos, seres que podrían decirse diferentes, pero todos hijos del mismo hogar, todos con la necesidad de leyendas de predicciones, donde los dioses hablan, los espíritus hablan y las computadoras hablan. 

En este mundo la autora propone un cuestionamiento vivo sobre la propia existencia, hay una elección libre, no hay roles, ya no importa el género, pero persiste una sensación, la de que nos falta algo, quizás porque la limitante no son ya las palabras que te hacen expresar lo que te rodea, sino el lenguaje que escasea para describir lo que sientes.

Ursula nos muestra en este libro que siempre hay quien promueve y apuesta por la comunicación y el entendimiento con los otras civilizaciones y también lo contrario, el ejemplo claro es la figura de el rey Argaven XV, que se niega a la diplomacia. Exiliando a los suyos, demostrando así, que los reinos son polvo, fruslería para hombres y mujeres que solo piensan en la posibilidad de acumular riquezas para el bien de unos pocos, pero la autora nos permite a los lectores la oportunidad de fugarnos, no solo con esta historia sino con otros títulos de su obra, otras maneras de vivir, de formar otro tipo de civilizaciones, de seguir con esa busqueda del yo hasta la saciedad, nunca hay una única respuesta, tanto La mano izquierda de la oscuridad, Los que se alejan de Omelas, Los desposeídos o El nombre del mundo es bosque, en todas ellas hay un gran ejercicio mental, hay una carga de responsabilidad.

El interés por otros mundos, otras realidades, el plantearse si tu género, si tu sexualidad, tu lugar de procedencia, tu cultura y tu educación incidirán en tu desarrollo como persona, si definirán el cómo será tu vida, así de rebelde, así de humanista fue. Le Guin nos hace avanzar como pez en aguas tenebrosas, como Tenar (Las tumbas de Atuan) bajando por pasadizos en declive para vislumbrar el «eco del eco de una luz remota», entonces te arrojas a la ficción, lector y escritor dan un último paso y miran, buscan bajo piedras sepulcrales ese algo, ya no se sienten alejados, se encuentran, hay un espejo después de la oscuridad, pero llegar hasta ahí es solo para valientes.

Creemos que las batallas son sólo exteriores pero primero es interior, nada más difícil que enfrentarte a tu propia imagen, aunque quienes hemos hecho ya ese trayecto sabemos lo glorioso que es vernos de frente y poder decir nuestro nombre, la oscuridad ya no supone el mal, es un poder igual que la luz. Entonces vuelve a surgir. Lector y escritor saben que la imaginación tiene que ver con el mundo real, se vuelven a encontrar para no volver a separarse nunca más. Ursula K. Le Guin, mujer tenías que ser.