Sobre las virtudes de no andarse con cuentos

OMAR ELVIRǁ Referirse al absurdo de la guerra, a los juegos de poder que perviven aún en condiciones extremas, al instinto de supervivencia que subyace a pesar de armazones ideológicas oportunistas y totalitarias, en fin, narrar la naturaleza humana sin caer en el melodrama o el panfleto y hacerlo desde una óptica desenfadada, llena de ironía, muy cercana a la burla, siempre con ánimo desacralizador y hasta cáustico, debe ser un reto para cualquier autor y del cual en este caso Juan Sobalvarro (Managua, 1966) salió bien librado con su primer libro de cuentos ¿Para qué tanto cuento? publicado en el año 2000 por el sello 400 elefantes.

Cada detalle físico del libro parece respaldar su contenido, incluso la portada (una ilustración del autor que representa tumbas bajo la luna en un trasfondo rojo y negro), es una extensión de los textos. En cuanto al título, Sobalvarro explica en la contraportada, que alude a la brevedad de los textos incluidos y a la facilidad para cometer un crimen, sobre todo en un escenario de guerra.

En efecto, la economía verbal es una característica definitoria en cada relato, lo que no impide encontrarnos con un lenguaje rico que incluye oportunos giros locales, desbordante además de imágenes que van construyendo de forma certera la narración. Todo con un discurso que a pesar de su tono sarcástico, o quizás precisamente por ello, no esconde el drama del contexto, lo que le da una contundencia monolítica a la mayoría de textos:

“Tirado en la tierra, la sangre era plena, ancha, le había curtido ya la mitad del jean celeste y le enfriaba las piernas, el dolor se le movía como piedra caliente, como pez atrapado en las tripas, se apretaba con las manos el abdomen, doblaba las rodillas hasta el pecho…” (Un voluntario para que termine)

“… “vos y la revolución no pueden detener esta bala”, y lo hice.” (¡Sos un revolucionario!)

¿Para qué tanto cuento? reúne nueve piezas, todas ambientadas en el conflicto bélico de Nicaragua en los 80. En la mayoría, los personajes principales son reclutas del Servicio Militar Patriótico (SMP) inmersos en el enfrentamiento contra la Resistencia Nicaragüense, los primos, como son llamados en los cuentos. También en las narraciones aparecen civiles como víctimas del conflicto, de los abusos de poder y al menos en dos cuentos presenciamos ejecuciones a manos de los militares.

Sobalvarro nos presenta en sus textos, la visión del individuo inmerso en un conflicto que le es ajeno, al que se ve arrastrado, incluso a pesar de participar voluntariamente, como en ¡Sos un revolucionario! La brutalidad, la injusticia y la opresión, campean en toda la obra, ya se trate del simple abuso de poder como en El cuchillo o en Antes que anochezca, o del crimen en Un voluntario para que termine y en la narración que da título al libro. Estos dos últimos cuentos en especial, son emblemáticos de toda la obra al presentar el asesinato como si se tratara de algo cotidiano, en lo que – según uno de los personajes- las explicaciones sobran.

A pesar de que se trata de una guerra, y de haber participado en ella, el autor no se permite el facilismo ramplón o el maniqueísmo, prueba de ello es la presencia de dos piezas que le dan equilibrio al libro: Solo uno de mis hombres, cuyo protagonista es un recluta gay de nombre Sandino y La cabeza cubierta por un plástico negro, un episodio fantástico en medio del conflicto. En ambos encontramos de nuevo la violencia, pero como marco referencial en el que se desarrolla la acción: una historia de (des)amor con las correspondientes jerarquías y juegos de poder en el primero; el segundo, una historia de fantasmas.

Han pasado ya ¡más de 20 años! desde la aparición de ¿Para qué tanto cuento?, una nueva edición le daría a nuevos lectores la oportunidad de conocer una obra sólida y de limitada difusión que toca un tema poco explorado y aún menos sanado ante la inmediatez cotidiana que nos desborda y que apenas nos deja espacio para la reflexión.

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